Wednesday, July 21, 2010

GOLPE DE ESTADO EN LA HABANA



Después de casi dos años de estancamiento tras el "traspaso" oficial del poder de Fidel Castro a su hermano Raúl, los acontecimientos parecen precipitarse.


Un prisionero político, Zapata Tamayo, se inmola en una huelga de hambre.


La muerte de Zapata arroja luz sobre las Damas de blanco, un movimiento de mujeres que, desde hacía 6 años, protestaba pacíficamente por las calles de La Habana todos los domingos.


Las Damas de blanco sólo piden la liberación de sus familiares presos de conciencia, sobre todo, los 75 disidentes que habían sido condenados a largas cadenas en prisión en el 2003, durante lo que se conoce como la "primavera negra". Sólo eso.


Finalmente, un opositor llamado Guillermo Fariñas decide continuar el ejemplo de Zapata Tamayo y se declara en una torturante huelga de hambre poniendo su salud y su vida al borde del colapso para solicitar la liberación de los presos políticos.


Durante meses, la situación se caldea en Cuba.


Los medios internacionales comenzaron a divulgar la versión de que la Iglesia católica cubana había iniciado negociaciones con el gobierno de Raúl Castro para la liberación de los presos. Esto es falso.


En realidad, el régimen de los Castro había sido quien había solicitado la intervención de la Iglesia (a través de su "amiguito" el cardenal Jaime Ortega) y del gobierno aliado de España (por medio del afectuoso canciller Miguel Ángel Moratinos) para que le sacaran las castañas del fuego.


El cardenal Ortega, incluso, hizo una repentina y sospechosa visita a los Estados Unidos para "informarle a las autoridades" sobre el proceso de excarcelación de los prisioneros cubanos sin siquiera hacerle una visita a sus correligionarios en este país.


La protesta pacífica de las Damas de Blanco, de Zapata Tamayo y Fariñas había dado resultado.


Nadie había pedido ni democracia representativa ni pluripartidismo ni respeto a los derechos humanos ni apertura económica ni política ni de expresión ni de viajes ni de Internet.


Nadie había pedido la devolución de propiedades ni compensación económica ni representación política.


Nadie había disparado un tiro ni puesto una bomba ni había conspirado para cometer sabotajes o atentados políticos.


No había habido una infiltración de comandos o armas o equipos de comunicación.


Nadie había recibido dinero de ningún gobierno extranjero ni había escrito ningún blog por Internet.


No había cómo declararlos terroristas ni agentes de la CIA ni siquiera divulgadores de "propaganda enemiga".


Las Damas de Blanco, Zapata Tamayo y Guillermo Fariñas, a costa de sacrificios casi supremos, habían dado en el clavo.


Sin embargo, cualquiera diría que era una victoria para la oposición a la tiranía castrista y un fracaso para esta.


Error.


Desde el incumplimiento desastroso de la zafra de 1970, que costó al país esfuerzos y carencias ingentes, Fidel Castro había descubierto la fórmula mágica de "convertir el revés en victoria".


En los países totalitarios donde predomina la censura y el control absoluto y la manipulación de la información, es muy fácil distorsionar los hechos. Esta operación es mucho más efectiva cuando los medios y muchos gobiernos e instituciones internacionales aceptan sin reservas la información que emana de los órganos propagandísticos de semejantes regímenes.


La dictadura de los Castro ha salido del barro con las plumas impolutas.


Con poquísimas y honrosas excepciones, gran parte de los medios internacionales y muchos gobiernos coinciden con la propaganda castrista en que los prisioneros liberados son simples presos comunes que han sido excarcelados "por cuestiones humanitarias".


El "presidente" de la Asamblea Nacional cubana (el amañado "poder" legislativo nacional), Ricardo Alarcón, declaró recientemente que el estado cubano estaba en disposición de liberar todos los presos que no hayan cometido "crímenes de sangre". Con ello, desmentía tácitamente que hubiera prisioneros políticos o de conciencia en la Isla.


El presidente Brasil, Ignacio "Lula" da Silva, con gran desparpajo, calificó a Zapata Tamayo de vulgar delincuente y el gobierno de Zapatero ha recibido en semejantes condiciones a los presos deportados a suelo español, hacinándolos con sus familias en miserables hoteluchos, donde están casi prisioneros por carecer de recurso económico ni representación legal algunos.


Ahora, hasta el gobierno norteamericano ha expresado, contrario a sus principios migratorios, que no les dará tratamiento especial alguno a los presos excarcelados.


Para colmo, el exilio histórico ha guardado y aún guarda un vergonzoso silencio respecto a los opositores liberados y hasta personalidades del mismo como Carlos Alberto Montaner tratan de justificar la conducta del gobierno español y la Iglesia cubana, minimizando la importancia de los excarcelados para la lucha contra la tiranía.


En resumen, la dictadura castrista ha salido una vez más victoriosa.


La excarcelación y deportación de los luchadores por los derechos humanos le ha abierto una brecha a la "posición común" de la Unión europea con respecto al régimen de la Habana y hasta en el Congreso de los EE.UU. se está produciendo una fuerte ofensiva por el levantamiento de las sanciones contra aquel.


Y, en medio de toda esta tormenta, el ave Fénix renace de sus cenizas.


Como viejo manipulador de la opinión pública e internacional, y sabiendo muy bien el "palo" noticioso que significaría su reaparición física, Fidel Castro vuelve a la vida pública.


Y lo hace de la forma más espectacular posible.


Para llamar la atención sobre sí, opacando incluso el momento más candente del mundial de fútbol en Sudáfrica, el comandante en jefe comienza a lanzar desde su bunker hospitalario "reflexiones" apocalípticas sobre el "peligro inminente" de un holocausto nuclear que involucraría Irán y Corea del Norte.


Más sabe el diablo por viejo que por diablo.


Cuando la ridícula predicción toma protagonismo en los medios internacionales, el anciano dictador cubano hace una sorpresiva aparición pública y continúa apareciendo durante cinco días consecutivos.


Con total desfachatez, Fidel Castro auguraba el desencadenamiento de un conflicto bélico entre EE.UU. e Irán y Corea del Norte tan pronto como terminara el evento deportivo sudafricano.


Tan provocativa es semejante afirmación que el canciller iraní debe apresurarse hacer nerviosas declaraciones públicas para desmentir al pretendido "exgobernante" cubano.


Entonces, con total desenfado, Fidel Castro les echa la culpa a sus asesores de haberle entregado información inexacta y sigue con su interminable y caótico monólogo senil como si nada hubiera ocurrido.


En realidad, lo que menos importaba era el contenido de las declaraciones del viejo comandante en jefe.


Fidel Castro, sencillamente, necesitaba llamar la atención sobre sí, minimizando el proceso de excarcelación de los prisioneros políticos y demostrando una vez más que nunca abandonó el poder, que su hermanito menor es sólo su muñeco de ventrílocuo y que todo ha sido resultado de su talento manipulador y conspirador.


Fidel Castro, así, le dio un golpe de Estado a su hermanito Raúl.


El viejo tirano siempre utilizó el método de ser oficialista y opositor sucesivamente. Oficialista, cuando ordenaba planes descabellados e incumplibles. Opositor, cuando salía con la espada flamígera a cortarle la cabeza a aquellos "poco revolucionarios y traidores" que habían sido incapaces de cumplir con los planes revolucionarios del pueblo.


El anciano dictador cubano, con sus últimas apariciones, demostró que no había sido Raúl quien había llamado al dudoso cardenal Ortega y menos comprensible canciller Moratinos para ponerlos al servicio de su política exterior y hacer, incluso, a la secretaria de estado norteamericana, Hillary Clinton, "alabar" la posición del gobierno cubano.


Una vez más, el pueblo cubano pierde, los derechos humanos pierden, la libertad y la democracia pierden.


Como decía Akira Kurosagua: los malos duermen bien.



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